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EL DOLOR EMOCIONAL QUE ACOMPAÑA LA EXCLUSIÓN

Están volviendo a nuestra sociedad las voces que gritan que ciertos grupos (casi siempre migrantes o minorías étnicas) son culpables de los problemas a nuestro alrededor. Voces que parecían de otra época, regresan con más fuerza. Las escuchamos a través de los medios de comunicación, en movimientos que reaparecen en toda Europa y Estados Unidos: “son un problema para nuestra seguridad”, “para nuestra economía”, “para la vivienda”.

Estos mensajes nos asustan a los que somos testigos de los procesos de estas personas. La situación es mucho más complicada, y lejos de poder categorizar ningún “tipo de ser humano” que pueda ser un problema, creemos que la construcción de una sociedad mejor debe poner el foco en otro lugar. Y es que, independientemente de su origen o etnia, algunas de las cosas que no funcionan en nuestros países tienen que ver con el sufrimiento que conlleva la exclusión social.

Son personas que se encuentran en continua alarma, en sensación de supervivencia, en soledad… y se mantiene así durante meses, durante años. Un estrés continuado que se puede sentir resonando en tu cuerpo cuando los escuchas. Testimonios de hombres y mujeres que ya ni se plantean eso de “llegar a fin de mes”, que les cuesta encontrar un nombre cuando les preguntas “¿con quién cuentas para apoyarte?”. Si hablas sobre “¿a qué te gustaría dedicarte”, te dirán que les da igual, si les animas a hacer actividades para vencer su tristeza te devolverán un “¿con quién, con qué dinero?”, si les interrogas por lo que les mantiene vivos… “tener una vida normal”.

Pasar por la exclusión es ya traumático, va hiriendo gota a gota, día a día. Pero además, te coloca en un lugar donde es más fácil que te hagan daño. En el que los niños reciben más maltrato, más desatención; en el que los adultos son más despreciados, más amenazados, más utilizados, más agredidos. Todo esto nos lo cuentan a diario y el que acompaña llega a acostumbrarse a vivir entre dos mundos: una “sociedad del bienestar” y otra del “malestar”.

Y cuando los escuchas de verdad, resulta imposible juzgar a nadie por intentar sobrevivir, por reaccionar mal ante la presión, por sacar fuera su rencor, por no tener energía para esforzarse más, por exprimir las ayudas sociales, por renunciar a sus derechos laborales o por habitar cualquier lugar que les sea posible. El problema nunca es una categoría de personas, es el dolor emocional que acompaña la exclusión social.


El equipo de acompañamiento psicológico y emocional (EAPE) de Cáritas Diocesana de Valladolid desempeña un papel fundamental en el apoyo a las personas en situación de vulnerabilidad. Ofrece una atención integral y de calidad a las personas con problemas de salud mental y emocional, acompañando la singularidad y personalizando cada encuentro, creando un espacio seguro y de confianza donde las personas puedan expresar sus emociones y recibir el apoyo necesario para afrontar sus dificultades.

Está compuesto por profesionales comprometidos que ofrecen atención personalizada y también imparten formación continuada a los agentes de Cáritas (trabajadores  y personas voluntarias) para abordar las dificultades emocionales y problemas de salud mental a las que se enfrentan en el acompañamiento cotidiano y mejorar la calidad de la atención de todos los servicios.